Cartas

Cada cierto tiempo se sentaba a escribirle. Volcaba en la pantalla de su ordenador esquirlas de su vida. Desmenuzaba pensamientos. Sueños. También pesares. Y le hacía alguna pregunta. Para que pareciera una conversación. Aunque la respuesta llegara con retardo.
Cuando acababa el correo lo releía varias veces para comprobar que había expresado bien cuanto quería contarle. Porque las palabras no siempre dicen lo que queremos que digan. Entonces firmaba con un “te echo de menos”. Y, en lugar de enviarlo, lo borraba. ©

Soy

“Soy el pájaro que aletea atropellado. Y el ave que planea.
Un lobo solitario. Y el que oye, tras de sí, respirar a la manada.
Soy lo que veo con claridad. Y lo que, a oscuras, atisbo dentro.
La sonrisa más triste. Y la más alegre.
Palabras que se dejan decir. Y largos silencios.
Soy la que abre la puerta de su propia fortaleza. Y quien no encuentra la llave.
Un ser que vive de sueños. Y el que surge al despertar.
Soy la que no sabe quién es. Y quien sí lo sabe”. ©

El guía

Escuchó confiada a su corazón. “¡Sígueme!”, le dijo dulcemente. Y ella le siguió. Con la temeridad de quien se atreve a sentir. A pesar de la niebla. Él sabría el camino. Sería su guía.
Pero la realidad apareció con sus dientes de sable destrozando aquel sueño a dentelladas.
“No volveré a seguirte”, recriminó a su corazón llena de dolor y de frío. “No somos iguales. Tú eres como los sueños. Puro y libre. Pero mi mundo es otro. Un mundo de esclavos. Donde impera el miedo. Mi mundo duele”.
De repente se levantó la niebla. Y no encontró a su corazón delante de ella. Se giró y lo vio tras de sí. A su espalda. Igual de herido. Temblando de frío. Y ya no supo decir en qué mundo estaba, ni quién había seguido a quién. ©