Somos IV

Soy…(qué presuntuoso creer que es posible ponerle sin más un predicado a semejante verbo)

Empiezo de nuevo.

Soy, entre todas las cosas posibles aún activas o ya caducas, un conjunto de contradicciones -algunas de ellas de carácter esencial- entre lo que pienso y hago, entre lo que siento y hago, entre lo que quiero hacer y lo que finalmente hago.

Parece que la gran cuestión es el hacer: la acción, el reflejo del espejo.

Soy pues lo que hago. Mejor dicho: soy, entre todas las cosas posibles aún activas o ya caducas, lo que hice y hago. ¿Y lo que haré?

La pecera

Me senté a esperar en el suelo
a la sombra de un molino en ruinas.

El mundo, tras el parapeto de su pecera,
giraba en círculos frente a mí
como una danza mansa de sonámbulos.

Imágenes fantasmales
-ojos, cuerpos, picos, dientes, escamas-
se agrandaban un instante
al acercarse.
Y luego seguían su rumbo indiferentes.

Pasó un cuervo. Y un lobo.
Un monstruo alado y un loco.
Pasó un niño. Y un viejo.
Un sabio y un triste.

Pasó un recuerdo,
riendo como una hiena.
Y lanzó una mirada boba,
como si yo no estuviera,
hacia el molino.

Me cansé de esperar
sobre la silueta oscura de las ruinas.
Y al levantarme quise tocar, antes de irme,
la pared de la pecera.

Pero nada había.
Ni cristal, ni molino, ni sombra.
Solo yo -otro fantasma-.
Y el peso de la espera. ©

No sé

«No sé si arrojar contra el suelo
un reloj o los espejos.
Quizás sólo me compre,
para el sueño de mañana,
unos zapatos nuevos.

No sé si buscar el charco que vi ayer al pasar.
Para comprobar si sigue allí la luna. O la noche.
Parecían atrapadas bajo el cristal de un mal recuerdo.
Temí que si me detenía a salvarlas,
y agitaba el agua
para romper el hechizo,
me quedara sola en el reflejo.

No sé si será mejor pisotear primero la memoria
y luego el olvido.
O hacerlo a la vez.
Así podría mezclar los guijarros rotos
y no saber cuál pertenece a quién.

Quizás lo mejor sería buscar el charco.
Para volcar sobre él las trizas de memoria y olvido
hasta cubrir el agua por entero.
Y bailar después sobre él,
aunque no haya noche, aunque no haya luna,
con mis zapatos nuevos».©

A dentelladas

Entre las fauces de la dulzura
un hombre calla.

Y escucha a un niño reír
a dentelladas.
Imperiosas,
trizadas de anhelos y deseos
que no tienen nombre.

¿De dónde sale la voz de ese niño
que ríe y ríe a mordiscos
dibujando en el aire
volutas de tiempo azul?

Acaso solo sea el recuerdo
de cuando la risa iba delante
porque atrás había apenas nada,
de cuando la ternura
no era un velo triste en la mirada,
ni la huella de una derrota mansa.
Sólo un darse sin miedo,
a cada instante,
sin cautelas.

Entre las fauces de la dulzura,
un hombre llora.©

Luna nueva

“Te tocaré. Con los dedos desnudos, con los sentidos en guardia, con la piel abierta. Aunque tengas filo. ¿Y qué no lo tiene? Hasta la seda duele sobre una herida.
Y, si es preciso, aullaré a la luna el mismo lamento de los lobos que rasga el aire con sus dientes de plata.
Aullar. Su misma canción. Hacia fuera o hacia dentro. Pero siempre muy fuerte. Aunque la luna se cuartee en el espejo. Se haga -conmigo, contigo- añicos. Y caiga al suelo como una cuartilla manuscrita hecha pedazos.
Sólo así, fuera del marco, ya sólo quedará noche. Luna nueva”. ©

El mago

En el país de los unicornios había un viejo mago. Lo sé porque un día me encontré con él. Surgió de la nada una noche de invierno envuelto en su capa negra.
Me tendió su sombrero del revés y dijo: «Mete la mano. Saca de su interior un sueño y cruzará contigo la frontera de la realidad».
Desde entonces el viejo mago es real. Porque fue a él a quien saqué del fondo de su chistera.©

Érase una vez

Un día la voluntad venció al deseo. La cordura de la razón a la locura del sentir.
Huyó del mundo de los locos. Del mundo de los sueños.
Y se retiró a un lugar seguro donde poder verlo todo. Menos sus ojos.
Donde poder tocarlo todo. Menos su piel.
Donde poder escuchar cualquier voz. Menos la suya.
Volvió a su vida anterior. Sin su mirada, sin su cuerpo, sin el timbre suave de su voz.
Al fin estaba a salvo.
Y colorín colorado, noche tras noche arrojaba el cuento contra la pared y le decía como si aún pudiera oírla: quédate conmigo.©