El desván

“-Vale. Iré.
Y se dispuso a bajar al sótano de sus recuerdos.
– Está oscuro- le dijo.
– ¿Qué esperabas? ¡Sigue!- le contestó.
El aire olía a tiempo estancado. Por todas partes, quietud. La puerta que dejó entreabierta proyectaba una luz tenue sobre la estancia.
-Aquí no hay nadie. Están todos, pero no se mueven. Ni me miran.
-Porque no pueden verte. Para ellos no estás. Sólo eres un sueño. Mírales tú.
Les observó paciente largo rato. En silencio. Sin premura. Poco a poco aquellas imágenes congeladas comenzaron a desplazarse hacia un punto. Una danza de sombras. Como planos superpuestos, fueron confluyendo lentamente en un rincón del desván. Y sus contornos se fueron borrando para adaptarse a la frágil silueta de un cuerpo menudo. La danza llegó a su fin. Sobre el improvisado escenario quedó, al fondo, una figura solitaria.
-¡Es una niña!- exclamó.
La pequeña se volvió con calma hacia donde ella estaba y la miró.
– Eres tú- le oyó decir.
Y a través de sus ojos, todos la miraron.” ©